Los POLVOS ECHADOS EN CASI 130 AÑOS de burdeles en Barranquilla fecundaron, por un lado, el desarrollo urbano de esta ciudad y, por otro, su vida artística. Tal es, en esencia, la tesis que se propone en Polvos en La Arenosa, el libro de Adlai Stevenson publicado por la editorial La Iguana Ciega y escrito «antes de que (tuvieran) tiempo de llegar los historiadores», razón por la cual ofrece la forma de una crónica divertida -sin desmedro de su veracidad- y no de un ensayo endurecido por el rigor racional propio de la ciencia historiográfica.
Así, en efecto, nos permite saber que diversas zonas de tolerancia que existieron en la ahora vasta (y siempre implanificada) urbe costeña más o menos en 1878, dieron lugar al nacimiento y crecimiento de barrios enteros que hoy son tradicionales de la misma: la Zona Negra, Rebolo, el barrio Chino, La Ceiba, Olaya Herrera. El propio autor lo dice con todas las letras: «Las actividades de la entrepierna (. .. ) Han propiciado más gestión y desarrollo urbano que las autoridades políticas y las eminencias locales de la arquitectura y el urbanismo» (p. 6).
Y, de igual modo, el libro nos da a conocer el trato frecuente que mantuvieron los escritores y demás artistas del Grupo de Barranquilla con muchos prostíbulos que esta en su apogeo en los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado –los del barrio Chino, el de la Negra Eufemia, el colonial, el Hil de Oro-, lugares éstos donde no solo llevaron a cabo buena parte de su bohemia y sus tertulias, sino que sirvieron de inspiración a sus creaciones artísticas (concretamente, a García Márquez, a Cepeda Samudio a Figurita, a Nereo). A este respecto, además. Cita la presencia de éstos y otros lupanares de épocas más recientes como referente temático en las novelas Maracas de la opera y El saxofón del cautivo, de dos autores pertenecientes una generación posterior: Ramón Illán Bacca y Ramón Molinares, respectivamente.
Pero Polvos en La Arenosa posee otros niveles de significación. Tal vez en el más manifiesto de ellos, sea el recuento cronológico y detallado de las zonas de lenocinio y los burdeles más notables que ha tenido Barranquilla desde su transición de villa a ciudad hasta prácticamente nuestros días, enriquecido con el relato de la génesis, evolución, decadencia y desaparición de cada uno, de sus características locativas y decorativas, de sus modus operandi, de sus estilos particulares de disipación, de la vida de sus propietarias y de red de peripecias protagonizadas por éstas, por sus pupilas y sus clientes.
Algunas de esas peripecias, por cierto, son destacables tanto su intrínseco valor argumental, por la virtud de sus tramas (lo que demuestra una vez más el ingenio superior de la realidad), como por la curiosa conexión que guardan unas con otras. Por ejemplo, la matrona francesa Adriane Lebron, dueña del prostíbulo La Orquídea del barrio la Ceiba, «crió a más de 50 hijos de sus pupilas a los cuales ofreció educación, desde la primaria hasta la universidad con alimentación incluida» (p. 31). Por su parte, el inmenso local donde operaba el burdel de la Negra Eufemia en el barrio Olaya, cuyas prostitutas eran llamadas por Cepeda Samudio «las académicas», terminó siendo un colegio público de educación básica, que aún funciona.
Contrariamente, en este mismo barrio, hubo una proxeneta que lo primero que les mostraba a sus clientes era catálogo de muchachas en un álbum de fotografías, promoviéndolas con el ardid comercial de que todas eran estudiantes, de tal modo que, a la hora de la consumación del trato, éstas se presentaban como tales, para lo cual cada una era dotada por aquella señora de «una colección de uniforme los colegios femeninos acreditados de la ciudad» (p. 109).
Así mismo, es memorable el episodio de la joven meretriz a quien un hombre pudiente le prometió matrimonio, pero cuando le celebraban la despedida de soltera y «de la vida colla (. .. ), lloró, lloró y lloró toda la noche» (p. 85), desconsolada por tener que abandonar su jacarandoso mundo.
Todos estos elementos figuran en un fresco que representa la vida nocturna, la vida sexual y hedonística, la vida secreta y prohibida, el desfogue de las drogadicciones y los amores ilícitos, el relajo de puertas para adentro de Barranquilla, así como el desarrollo en ella del negocio entretenimiento.
Por otra parte, al ocuparse de la prostitución ~un fenómeno que es objeto del repudio formal e institucional de la sociedad), resulta de interés examinar el puma de vista ético desde el que lo aborda Stevenson.
Hay que decir, de entrada, que éste no corresponde al institucional; la actitud del autor no es, pues, la de un moralista juzgador (la cual, por lo demás, habría comportado un impedimento técnico). Por el contrario, su tono se identifica con el de los crápulas que forman parte del mundo narrado; es <un tono de reportero de los bajos fondos», como señaló en una nota periodística Andrés Salceda. No obstante, Stevenson no olvida en algún pasaje que los hechos que reconstruye son también un capítulo de la «historia universal de la infamia», cuando trae a cuento los casos -como el del burdel de la Francesa Negra- en que las prostitutas eran tratadas literalmente como esclavas o resultaban víctimas de extraños asesinatos.
A lo largo de esta estupenda crónica de muestra, en fin, cómo el desenvolvimiento de la prostitución en la capital del Atlántico -que refleja los cambios sociales, económicos y culturales de ésta- traza una curva que, habiendo alcanzado su pico dorado a mediados del siglo XX, hoy ha llegado a su descenso: así, de las menesterosas mancebías de Takunga, nos elevamos al esplendor de fantasía de La Gardenia Azul y del Place Pigalle (<<de estilo cabaret cubano»), perdimos altura luego con los prostíbulos asépticos y refrigerados para ejecutivos de los años setenta del barrio Olaya, hasta caer definitivamente en las insípidas y estruendosas discotecas de hoy día, «en que deambulan de mesa en mesa más de 40 prostitutas» (p. 109), ofreciéndose burdamente a sus clientes.
Quizá por eso la obra de Stevenson lo deja a uno envuelto en un aire de nostalgia que convoca los versos de don Jorge Manrique: «¿Qué se hicieron las damas, / sus tocados e vestidos, / sus olores? / ¿Qué se hicieron las llamas / de los fuegos encendidos / d'amadores / ¿Qué se hizo aquel trovar, / las músicas acordadas / que tañían? / ¿Qué se hizo aquel danzar, / aquellas ropas chapadas / que traían?». Todo eso, Adlai, don Jorge, se lo llevó la furia del tiempo.
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