SEXTETOS AFROCOLOMBIANOS
Samuel Minski (editor);
Claudia Ríos, Adlai Stevenson (investigadores)
Editorial La Iguana Ciega, 2006 (170 páginas)
Revista Semana Arcadia, Diciembre de 2006 (pág. 50)
Juan Carlos Garay
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En 1998 el sello francés Ocora publicó el primer disco del Sexteto Tabalá de San Basilio de Palenque. Sería tema de otra reseña preguntarse por qué este tipo de grabaciones son promovidas por disqueras europeas antes que por las locales:
Totó la Momposina, por ejem­plo, tuvo que grabar su primer disco en Francia y el segundo, en Inglaterra. Pero gracias a Ocora muchos supimos de la existencia de un estilo musical afrocolom­biano que sobrevive de milagro en el reino de los ritmos moder­nos: el sexteto.

Sexteto, valga la aclara­ción, se refiere al sonido y no al número de integrantes (así se explica que aquella carátula del Tabalá exhibiera la foto de siete músicos). A diferencia de lo ocurrido en Cuba, donde el Sexteto Habanero cambió de inmediato su nombre a Septeto cuando involucró a un trom­petista, en nuestra Costa Atlán­tica la nominación se mantiene incluso para grupos de ocho o nueve integrantes.

La alusión a Cuba no es gra­tuita. Esta investigación nos re­monta a comienzos del siglo xx, cuando se conforman algunos ingenios azucareros cerca al Ca­nal del Dique y se contratan espe­cialistas y mano de obra cubanos. Los cubanos traen su música de sexteto, que para ellos incluye instrumentos de cuerda como la guitarra y el tres. Pero al entrar en contacto con la población ne­gra colombiana sucede una inte­resante retrospección: el sexteto palenquero sólo utiliza percusión y voces, dejándole a la marímbula el rol más cercano a lo melódico.

La portada de este libro no podía ser mejor. La marímbula no es sólo el centro físico en las in­terpretaciones de los sextetos, sino también el centro temático de la investigación. Entrevistas valio­sísimas con marimbuleros como José Valdez Simanca, "Simancon­go", podrían leerse incluso como instrucciones para que cada uno fabrique su propia marímbula.

Otro ilustre entrevistado en este libro, el cantante Rafael Cassiani, narra cómo la reforma agraria promovida por el go­bierno de Carlos Lleras sería, a la larga, la partida de defunción de los ingenios azucareros del Caribe. Para 1966 la producción de caña se concentra en el Valle del Cauca, y Cassiani compone una canción emblemática: "Esta tierra no es mía, esta tierra es de la nación". –

De algún modo, lo que sigue en la historia de los sextetos es la vía de la extinción. A pesar de que este libro nos habla de una nueva generación, liderada por el con­junto Hijos de Benkos, el epílogo lacónico afirma que "dada la pe­netración del picó, el vallenato y la champeta, es probable que los soneros del sexteto afrocolombia­no desaparezcan a corto plazo". De ser así, el próximo proyecto de este grupo de acuciosos investiga­dores debería ser una grabación, para que no quede el disco de Tabalá como recuerdo íngrimo de una riqueza perdida.