Fiesta rural: Carnavales en el caribe

 

Esta fiesta, que sigue siendo la expresión de la cultura popular del Caribe, sobrevive en medio de las vicisitudes de hombres y mujeres que habitan las riberas de los ríos como el Magdalena o las ciénagas como la de Saloa.

Congo Campesino de Galapa (2015). Foto Marta Ayerbe

 

2017/03/05

 

Por Édgar Rey Sinning

 

Entre las fiestas traídas por los españoles en el siglo XVI se encuentran las carnestolendas. Posteriormente fue introducido, desde el siglo XVIII, el carnaval que mantuvo, en la zona del Caribe, sus primeras manifestaciones en la provincia de Santa Marta y para su puesta en escena ha mantenido elementos de su estructura básica, entre otras su programación antes del Miércoles de Ceniza.

 

Hasta hace unos años en las zonas rurales del Caribe, el carnaval se realizaba en forma espontánea, los pueblerinos sabían cuándo eran los días del festejo porque estaban reglados siguiendo el calendario cristiano y no necesitaban de un decreto para celebrarse. La gente salía con sus disfraces, letanías, danzas, comparsas y comedias; recorría las calles y callejones del pueblo, acompañados de niños de ambos sexos, deteniéndose en casas a mostrar lo que habían preparado y a cambio de la presentación recibían unas monedas.

 

Por la noche, los dueños de establecimientos con música encerraban al frente del lugar un pedazo de la calle, que adornaban con guirnaldas y motivos carnavalescos. Los hombres compraban unas boletas para bailar con una mujer, ella entregaba la boleta al dueño del lugar y le daba un porcentaje de acuerdo al número de piezas bailadas. En esos salones, que luego llamaron casetas, era costumbre que el dueño colocara a una de sus hijas, parientas o vecinas como reina de ese baile en particular.

 

No había una reina central o por barrios, solo más tarde aparecieron. Lo cierto era que la fiesta se celebraba con la participación de toda la población, si bien existían familias que por tradición eran el alma y nervio del carnaval.

 

En algunos pueblos más grandes, municipios como tal, los que se disfrazaban cubriéndose el rostro, como era el caso del disfraz de monocuco y otros, debían cancelar un impuesto en la tesorería y portar una identificación. Pese a este control, se presentaron asesinatos, atracos, asaltos a viviendas y otros desmanes que llevaron a las autoridades municipales a prohibir ocultar el rostro y permitir disfraces con el rostro descubierto.

 

Estaban los tradicionales disfraces de indios, gallegos, negritos, cerdos y mujer, entre otros; danzas como Los goleros, Las pilanderas, comedias o sainetes, que era el nombre que más se utilizaba. El martes o Miércoles de Ceniza se mojaban, aunque en muchos pueblos la ‘echadera’ de agua duraba los tres días del carnaval. También se jugaba a pintar la cara del otro con azul de metileno, polvos, harina, almidón de yuca y el tradicional juego de quebrar cascarones de huevos rellenos con polvos, cenizas y otros productos carnavalescos en la cabeza de otras personas.

 

Ese carnaval espontáneo se fue apagando con el correr de los años por la muerte de adultos jacarandosos que durante años mantuvieron la tradición. La generación posterior no mantuvo en su totalidad la fiesta, solo insinuaban manifestaciones carnavalescas en algunas poblaciones que no pasaban de ser vestigios de una fiesta raizal.

 

No obstante, esa fiesta, que sigue siendo la expresión de la cultura popular del Caribe, sobrevive en medio de las vicisitudes de hombres y mujeres que habitan las riberas de los ríos como el Magdalena o las ciénagas como la de Saloa. Son poblaciones pequeñas con muchas áreas rurales que muestran cierto avance económico, social y cultural, a pesar de las escasas vías de comunicación con sus capitales departamentales y del evidente abandono estatal. Sus habitantes no han perdido el entusiasmo por sostener en el tiempo al carnaval con sus dos momentos: precarnaval y carnaval propiamente dicho, tal vez influenciados por la organización que le ha dado la ciudad de Barranquilla a esa fiesta.

 

Precarnaval y carnaval

En el precarnaval, cada pueblo tiene una particularidad en la escogencia de la reina central, en la mayoría se convoca desde una Junta Central del Carnaval para que los vecinos de los barrios seleccionen una candidata a reina; en otros, lo hace directamente la oficina de cultura de la alcaldía o la Casa de la Cultura. Desde ese momento se trabaja por conseguir los recursos necesarios para adquirir los vestidos y los accesorios de la reina, la comitiva y las danzas.

 

Los habitantes también se preparan para participar activamente en el carnaval. Familias completas, amigos y vecinos organizan cada año la danza que bailarán en los desfiles y que escenificarán de casa en casa solicitando a cambio unas monedas que les garanticen la bebida que van consumiendo y poder recuperar la inversión hecha en ropas y accesorios. Igualmente, sucede con los hombres y mujeres que se disfrazan o los que organizan comparsas y letanías, todos protagonistas de la fiesta.

 

El segundo momento es el del carnaval y todo lo que se ha preparado en los días previos comienza a ponerse en escena el sábado de carnaval cuando se concentran las candidatas en el punto de partida del desfile, todas en su respectiva carroza, con las danzas, su grupo musical o un equipo de sonido, llamado picó que ameniza a los seguidores y también es acompañado por la comitiva. El desfile recorre las principales calles de los pueblos. Los vecinos se acomodan en las puertas de sus casas o en las bocacalles para apreciar el desfile, aplaudiendo al paso de las candidatas, los disfraces, danzas y comparsas. Con este desfile se convoca a todos los pueblerinos para que disfruten del carnaval.

 

Este proceso de revitalización del carnaval en muchos pueblos ha sido bien significativo, en ellos históricamente se han celebrado las fiestas, pero durante varios años el carnaval no había dejado de ser un acontecimiento con una pérdida por la fiesta misma, y en algunos pueblos solo estaba en el recuerdo de los mayores, aunque se recordaban con disfraces y una que otra reina, con bailes y danzas tradicionales del pueblo. Muchos jóvenes comenzaron a inyectarle nuevos bríos a la celebración carnavalera, dándole a la fiesta un nuevo aire, entre la tradición pueblerina-raizal y la moderna-citadina, tipo Barranquilla.

 

Pasado y presente del carnaval en los pueblos ribereños

En los municipios del departamento del Magdalena localizados sobre la ribera del río Magdalena, los carnavales se remontan a los tiempos coloniales, como se dijo. Pero en el sur del Magdalena, Bolívar y Cesar, se expresa con mucha fuerza. Esa subregión, bañada por aguas llegadas de los Andes y de la Sierra Nevada de Santa Marta es una hoya-hidrográfica-cultural-carnavalera y festiva.

 

Bajando el río, después de los municipios de El Banco, Guamal, San Sebastián y el mismo Pijiño del Carmen, se encuentra el pueblo de San Zenón, donde la danza de Los cerdos es tradicional; también aparece en el corregimiento del Horno, Los negros, y Los gallegos que llegan desde San Fernando.

 

En la actualidad, desde la Casa de la Cultura se convoca para que cada institución municipal participe en la fiesta escogiendo una reina. Así, se ve en el desfile y en los días previos la soberana de la Policía Nacional o de la alcaldía. Ellas desfilan en sus carrozas bien adornadas y coloridas por las calles del pueblo y terminan el recorrido en la plaza de donde habían partido. Inmediatamente se procede a escoger la reina central de ese año.

 

Carnaval de Santa Bárbara de Pinto en 2016. Foto Juan Pablo Larios

 

 

Las letanías las componen grupos de jóvenes que van disfrazados imitando a las mujeres que rezan en la iglesia. Dicen verdades que nadie se atreve a decir y se aceptan las puyas porque en el carnaval todo se vale. El martes es el día más importante: por las calles, grupos de niños se enfrentan a echarse agua, jóvenes y adultos llevan un tanque con agua fría y con una rama aspergen a los dueños de casa, quienes pagan por quedar bendecidos. En las noches los vecinos se concentran en la plaza del pueblo a bailar con música de picó a todo volumen, echándose harina hasta el amanecer. Por la tarde, Joselito Carnaval hace su aparición. Es un “joven metido en un ataúd improvisado, lleno de tizne, maicena y muchas mujeres llorándolo, hace un recorrido por el pueblo, siendo así el funeral más largo, llorado y más parrandeado del pueblo”. Los vecinos de San Zenón no dudan de calificar el carnaval como la fiesta más alegre del pueblo.

 

Bajando por el río se llega a Santa Ana, Magdalena. Algo muy tradicional en este municipio es la danza de Los gallegos, llegada desde Tenerife y Plato, estos dos municipios del Magdalena, en la década de los treinta del siglo XX. Es un disfraz horroroso: personas que visten faldas largas y pantalones abultados con almohadas para así crear la ilusión de gordura o protuberancia en las nalgas y barriga. Producen pánico entre la chiquillada y aun así los persiguen. Una posible explicación del disfraz es la ofrecida por la profesora Ledy González, quien piensa que la aparición de españoles en Santa Ana, específicamente oriundos de Galicia, pudieron haber dado origen al gallego santanero. Se trataría, entonces, de un legado cultural que la apariencia física de aquellos españoles habría concedido a los disfraces: nariz desproporcionada, ojos verdes, personas regordetas.

 

Otra versión da cuenta que existió una familia con el apellido Gallego que estuvo caracterizada por su nefasta apariencia física. Sin embargo, se conoce que en 1921 José Antonio Puello fue el primero en disfrazarse de gallego, y que la danza apareció desde 1992, con el Grupo de Danzas Folclóricas Coroncoral.

 

En todo caso, el disfraz satírico de gallego es la mayor simbología del carnaval en Santa Ana, donde permanece con un sentido propio y diferente a como se representa en Plato y Tenerife (de donde afirman que es originario este personaje), debido a su vestuario y conducta. Sea cual sea la versión real, el gallego es un personaje icónico de las fiestas de Santa Ana, incluso los santaneros afirman: “Un carnaval sin gallegos no es carnaval”.

 

Existen compositores de música tradicional y de letanías dedicadas a este disfraz, comparsa o danza. Como la del arquitecto Rafael Díaz, en son de chandé, ritmo tradicional de la música autóctona del río Magdalena y la Depresión Momposina en su conjunto. Algunos de sus versos dicen así:

 

…Los Gallegos de Santa Ana y su reina soberana son los que me hacen vibrar.

 

…los Gallegos con su grito son los reyes del carnaval.

 

En los corregimientos de Santa Ana son tradicionales los carnavales como en Barro Blanco y San Fernando, donde los habitantes gozan con la danza de Los gallegos, que además visita dos veces al vecino municipio de San Zenón.

 

En la época en que Pinto era corregimiento de Santa Ana, hoy convertido en municipio como Santa Bárbara de Pinto, recuerdan los adultos que el carnaval se nutría de los disfraces que sacaban a la calle para ironizar algún hecho sucedido en el pueblo, ya fuera una pelea entre comadres o infidelidades. Lógicamente, manejaban cierta sutilidad para no ser tan evidentes y dejar que la imaginación volara. De igual manera, hacían parodias de acontecimientos nacionales sobre política o vida social. Los pinteños recuerdan los disfraces que aterrorizaban a los niños. Además de horripilante, el personaje se caracterizaba por llevar el rostro cubierto, en la mano un garabato y en la punta una rama de pringamoza, planta que al tocar la piel produce rasquiña y brota la epidermis.

 

 

Detalle de la máscara (2015).  Foto Marta Ayerbe

 

 

Igualmente, se realizaban varias danzas y comedias que eran la alegría de todos. Entre estas se apreciaban Las pilanderas, Los cerdos, El sol, Los gusanos y Los negros, entre otras. Los disfraces del pasado han sido reemplazados por personajes de la televisión nacional. En las noches los pinteños bailan hasta el amanecer en salones improvisados y casetas tradicionales. La tradición se mantiene gracias a varios pinteños y a moradores llegados de otras partes que han entendido el valor cultural de la fiesta. Desde 1970 se vienen nombrando reinas. En la lista de reinas del carnaval se encuentra toda una descendencia, madre, hija, tía, sobrina, como en el Carnaval de Barranquilla.

 

En este pueblo, como en los demás, estos festejos eran acompañados por los grupos de percusión antes que llegaran los picó, que tiempo después invadieron el pueblo. Allí se podrían encontrar por las noches las bailadoras de cumbia y chandé. Los corregimientos y caseríos de Pinto como Cienagueta, Veladero y San Pedro se suman a la fiesta, asisten con su reina, comitiva, disfraces y danzas.

 

Como todo carnaval, el de Pinto tuvo un personaje que durante todo el año recogía sucesos de la cotidianidad y escribía versos satíricos echándoles vainas a las autoridades y demás personas: la señora Benita Bolaño. Todos esperaban con ansiedad las puyas de Benita y como todos los poetas populares carnavalescos, mantenía un estribillo que decía:

 

Tunderi/ Tunderita

 

Viene la vieja Benita.

 

Y así iba cantando por las calles y callejones con un traje largo, un pequeño tambor y un palo para ahuyentar a los ‘pelaos’ que trataban de quitarle el disfraz.

 

Otro municipio muy carnavalero es Pedraza, Magdalena. Allí siempre fueron tradicionales los disfraces, danzas y comedias. Entre las danzas más significativas se encontraba una muy añorada, Los doce pares de Francia, y también se presentaban Los indios y Los negros. Existían en el pueblo nativos muy creativos que hacían parodias de sucesos familiares, sociales y políticos que eran la comidilla en la comunidad. A este municipio magdalenense llegaron, como a otros pueblos, disfraces, danzas y comedias de pueblos vecinos como el Son de negro, que proviene del corregimiento de Bahía Honda, encabezados por Agustín Bolaño. De ese grupo se originó la danza Fusión ribereña que participa desde hace más de 20 años en el Carnaval de Barranquilla. Se destacan como bailadores Son de negro y Pajarito. “Además, llegaba de Guaquirí, José Santana, disfrazado de indio chimila, portando un arco y una flecha. Los disfraces locales eran encabezados por Luis Osorio, Julián Zabaleta y Reineiro Martínez, cuyo sentido era el de la parodia”. Por los años sesenta se iniciaron los reinados populares, más tarde, tanto las reinas como los salones de baile dejaron de organizarse, la fiesta en las calles se sentía y los salones fueron reemplazados por las casetas.

 

No obstante, se ha presentado un proceso de revitalización carnavalesca encabezada por Kelly Martínez Becerra, escogida como reina, y fue importante la participación activa de la señora Lindelia Ospino, propietaria de la caseta La Gran Esquina, lugar donde se organizaron los eventos como la lectura del bando, la coronación y los bailes de Kelly Primera. Fue todo un acontecimiento:

 

El diseño de los vestidos que usó (la reina) ese año fueron elaborados de papel cometa y con ropa vieja por parte del artesano Efraín Lozano Herrera. Solo el vestido de gala fue diseñado y elaborado por una costurera local. Desde entonces, y sin interrupción, se vienen organizando los reinados populares, reaparecieron los salones populares y los disfraces individuales.

 

Resulta interesante la creatividad emprendedora de doña Griselda Fernández Molinares, quien en Barranquilla adquirió más de 20 capuchones de diversos colores y los alquilaba por días o por la temporada completa del carnaval.

 

A orillas del río Magdalena, en el departamento del Cesar, se encuentra el municipio de La Gloria, el cual tiene una tradición carnavalesca. La ubicación del pueblo lo convertía en un atractivo para que grupos de pueblos vecinos fueran a mostrar sus creaciones. Grupos de danzarines de Río Viejo (Bolívar), con sus tradicionales danzas de Los toritos y Los indios, acompañados de cantos de tambora. De igual manera, de Regidor (Bolívar) también llegaban los disfraces y danzas, así como también de los corregimientos de Simaña (La Gloria) y San Bernardo y Costilla (Pelaya). Un personaje que recuerdan es el señor Carlos Liévano, quien organizaba danzas importantes para el pueblo, tales como Los coyongos, El diablo y La muerte, entre otras.

 

El recorrido de las danzas era por todo el pueblo, recibían dinero a cambio de su actuación; quien se negaba a hacerlo, lo ensuciaban con azul de metileno u otro producto que pintara, por lo que nadie se negaba a pagar cualquier moneda. Además de las danzas, aparecían comedias, disfraces y grupos de hombres rezando o declamando letanías. La ridiculización, las sátiras y la burla se convertían en la comidilla del pueblo. Lo cierto es que hoy todos participan:

 

Hay grandes personajes y familias que luchan por preservar esta fiesta como Roberto Torres, el popular Boca e Mollo, y el señor Araque conocido como Afro, quienes año tras año se disfrazan y son referentes vivos de la tradición; la familia Bonett Zapata con su matrona Antonia Zapata, una reina vitalicia del carnaval que en cada edición es acompañada de hijos y nietos en los desfiles, y presentaciones de la festividad; otra gran representante de los carnavales es la señora Hila Molano, quien con su alegría y forma de bailar anima al pueblo, y no podía faltar la gestora cultural Inés Galván, quien lidera grupos de danzas y disfraces. Hoy por hoy, el carnaval gloriero sigue vigente y se niega a desaparecer por la misma alegría y espontaneidad de ser de esta tierra.

 

Los glorieros también recuerdan las fiestas de disfraces que se organizaban en el teatro de don Emilio Ortega. Una particularidad de jugar al carnaval en La Gloria era que, en el último día (martes de carnaval), grupos de amigos y familias completas se rompían las camisas como una forma de cerrar el carnaval.

 

En el departamento de Bolívar, en los municipios localizados en el conocido Brazo de Loba, todos comparten sus expresiones musicales que están enraizadas en la vida del hombre anfibio: su temática está relacionada con la naturaleza, su fauna (danzas de coyongos, goleros, sapos), sus costumbres (pilanderas, farotas, lavanderas) o con la herencia triétnica (negritos, chimilas, chinitos, morenitas), así como con el sincretismo religioso, como es el caso de la danza de Los diablos y cucambas, que salía en las festividades del Corpus Christi. Una danza de carnaval muy aplaudida con una duración de más de una hora es La conquista, muy tradicional en San Martín, llevada desde Mompox.

 

De esta manera, puede apreciarse que el carnaval en los pueblos del Caribe tiene vigencia, ha evolucionado con el tiempo, pero se mantiene como expresión del goce colectivo de los pueblerinos. Además de las danzas, comedias y disfraces, es muy diciente la presencia activa de los poetas populares hombres o mujeres que recogen las vivencias del municipio, departamento o de la nación y las narran en forma poética colocándoles su ingenio y ridiculizando a los protagonistas del hecho. No importa quién sea el personaje, lo significativo es que si comete un error público, conocidos poetas populares le arreglarán una letanía que será la burla de la localidad. A veces son tan mordaces que un verso o una letanía completa puede grabarse en la memoria de los pueblerinos y la repetirán muchos meses después de transcurridos los carnavales, solo con el ánimo de seguir gozando de las ingeniosidades de sus compositores.

 

 

Tomado de la Revista Credencial

http://www.revistacredencial.com/credencial/historia/temas/fiesta-rural-carnavales-en-el-caribe

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